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¡¡¡AQUELLA MAÑANA!!!

¡¡¡AQUELLA MAÑANA!!!

 

Por: Paco Píldora

Aquella mañana del 21 de abril de 1914, la ciudad vivía momentos de angustiante espera, pues desde muchos días anteriores se sabía que la población estaba bajo la amenaza de un bombardeo por parte de la Armada de los Estados Unidos. Yo asistía por aquel entonces a una escuelita llamada de La Campana, porque primero había estado ubicada en una vieja casona de altos de la Plazuela de la Campana y después fue trasladada a otra casa antañosa de las calles de Juárez, en los altos también de una casa donde se vendían al mayoreo semillas y comestibles y en la que se surtían algunos pailebotes y barcos que se hacían a la mar, de semillas, harina, manteca y azúcar.

Para los que quisieran recordar esta casa, está actualmente formando parte del edificio del Banco de Comercio y por muchos años funciono ahí una casa de Huéspedes de la familia Jalil.

Era una escuela pequeña, me parece que sólo cubría primer año de enseñanza hasta tercer año y era director el ameritado maestro don Gerardo Rivera. De ahí, de esa casona, fuimos despachados con suma urgencia y con la recomendación de “irnos derechito” a la casa, no recuerdo a qué hora, pero podría haber sido entre nueve y diez de la mañana, me acompañaba todos los días de Carlos Roldán a quién llamábamos “El Popol”, era hijo de Don Miguel Roldán, administrador de fincas y vivía a la ”Vueltecita” de mi casa por 5 de Mayo, con él salí de la escuela rumbo a la calle de Arista, cruzamos los Portales sin prisa, curioseando por los aparadores de la Casa Collado con las losas y los espejos, hasta llegar a la casa, sin encontrar a nuestro paso nada que nos inquietara y nos hiciera acelerar la caminata.

Al llegar a la calle de Arista encontramos a un grupo de cargadores, que llevaba con mucho trabajo y esfuerzos una enorme caja fuerte, que habían sacado de la Panadería Diligencias, en esa tarea los sorprendió el ataque a la ciudad, porque muchos días después permaneció la caja cerrada a media calle, hasta su retiro.

Ya en casa con Celestino, mi hermano mayor, fuimos con una “cuja” (así se les llamaba entonces a la bolsas en las que venía la harina) a comprar doce reales ($1.50) de cojinillos y una jaba (tenate) de papas, los cojinillos valían tres centavos y la papa ocho centavos el kilo, después de haber hecho este aprovisionamiento nos salimos más a la calle, empezando sin poder recordar o precisar el tiempo, el lejano retumbar de los cañones que nos ponían en sobresalto al principio, después, al hacerse más espaciados ya hasta calculábamos el tiempo de los estallidos y nos cubríamos las orejas, cuando esperábamos el retumbar de uno que otro cañonazo que en el transcurso del día 21 fueron alejándose más y más. Ya en la noche espaciaron más tiempo los ruidos y estampidos y sólo se escuchaban aisladamente algunos tiroteos. Así amaneció el día 22 de Abril, ya había cesado el cañoneo de los barcos y solamente por el rumbo del parque Inglés y del mercado de Pescadería, se escuchaban algunas descargas de fusilería, aun la población permanecía atrancada y dentro de sus casas, algunos se aventuraban a asomar las narices, ese día en mi casa permanecimos todos adentro y con el oído atento a las lejanas y esporádicas descargas de fusilería y con la esperanza de que algún vecino nos llamara a la puerta y conocer en algo la situación, no apurándonos mucho pues teníamos para comer arroz con papas y frijoles con los cojinillos remojados en café de olla.

Hasta el día 23 nos asomamos a la calle, algunos chamacos pregonaban los periódicos ¡La Opinión ¡(valía 3 centavos con la información del combate y ocupación de la población). Con mi hermano mayor llegamos hasta el mercado de Pescadería en pos de encontrar algo, las tiendas permanecían cerradas, otras habían sido saqueadas, el café de La Sirena, que estaba ubicado en Arista y Landero Y Coss, estaba abierto de par en par y por el suelo sillas y mesas, los espejos roto, pocillos y tazas destruidos, todo en desorden, había sido también saqueado. No había carbón, largas caravanas iban por la playa rumbo a Chivería, donde estaban quemando hornos de carbón, otros por los Pocitos y los carboneros que venían de las rancherías eran esperados en las garitas por la refinería, por el Sulliván, donde eran materialmente asaltados por el público que reñía por conseguir un pequeño saco de carbón, mientras dentro de la ciudad marineros y soldados de la ocupación abrían a  hachazos los comercios que permanecían cerrados y repartían en relativo orden entre los vecinos los víveres que eran sacados, tomando un oficial nota de lo sustraído así poco a poco, después de levantar el toque de queda y establecer el dejar puertas abiertas y luces prendidas durante la noche, la ciudad fue volviéndose poco a poco a la normalidad y apareciendo los héroes, los defensores, que no recibieron ni un rasguño, pero ostentaban orgullosamente un certificado de haber tomado las armas en defensa de la ciudad.

Luego los campamentos, los marinos y soldados ebrios en pleitos callejeros, la policía marina arriando toletazos y las chiquilladas regadas en la sabana de la Escuela Naval, por el campamento de Sanidad donde estaban las cocinas y aquella enorme tina de té helado que pródigamente obsequiaba el chinito de la cocina a la chamacada asoleada del correteo y ahí mitigaba sus sed va veces su apetito con un enorme trozo de pan de sándwich con una papa o un pedazo de carne, para ya al anochecer pasar al campamento donde estaba la escuela, por el malecón, poco más o menos a la altura del nuevo Café de la Parroquia, donde en un gran telón de lona por la noche pasaban películas de pieles rojas, soldados y cow boys.

Sería muy largo hablar de tantas y tantas cosas que sucedieron en esos aciagos días de la invasión, de aquellos tres conocidísimos comerciantes que por no haber acatado un ordenamiento dado por el preboste, fueron condenados a barrer las baldosas en pleno día y a la vista de la gente, los desfiles de las bandas militares por las calles, la aprehensión de aquellos pillastres, que ya tenían parada y lista el águila que cayó del monumento de Juárez, para llevarla a vender a la fundación de Holtzeimer y que fueron sorprendidos en la maroma.

Pero algo que al correr del tiempo comentaba con algunos compañeros de La Campana, Si la invasión americana ya se esperaba, si desde muchos días antes del 21 algunos grupos de voluntarios se preparaban para la defensa, si el hecho era conocido y esperado, si la población fue evacuada por las fuerzas militares, si había pánico y temor, si muchas familias habían buscado refugio en Jalapa, Córdoba y Orizaba, si era conocida y esperada la invasión americana, inclusive si los cónsules extranjeros tomaban medidas de protección para los ciudadanos extranjeros, ¿por qué motivo se nos mandó a los niños de entonces a las escuelas sin ningún temor ó preocupación? ¿por qué maestros y profesores detuvieron a los alumnos hasta que va era casi visible el desembarco? ¿por qué no se nos explicó nada, solamente se nos dijo que nos fuéramos rápido y “derechito” a nuestras casas?

ii Esta pregunta siempre se nos quedó en el aire.!!

 

Publicación realizada el 14 de abril de 1990

Por: Paco Píldora
Francisco Rivera Ávila